Qué a Yuna le gustan los animales es seguro. De eso no cabe la menor duda. Le llaman mucho la atención, no le dan nada de miedo, sean grandes o pequeños, es cariñosa con ellos… hasta que coge total confianza…

Yuna persiguiendo gallinas
En Japón, al no tener mascotas, el único contacto que hemos tenido ha sido cuando nos cruzamos con alguien paseando con un perro, o cuando vemos pájaros o gatitos en la calle, o cuando hemos ido a un zoológico. Hace un año, cuando fuimos Yuna, mi suegra y yo al zoo de Ueno la cría disfrutó muchísimo y fue el súmmum cuando entramos en la zona infantil, con los animales de granja. Creo que no quedó cabra que no fuera besada y abrazada por la niña… Habían padres que se sorprendían al ver la ausencia de miedo en Yuna. Yo no lo estaba nada, y es que, en este aspecto, Yuna ha salido a mi. A mi tampoco me han dado miedo los animales nunca (mala profesional hubiera sido si me lo hubieran dado) pero hay un aspecto que nos diferencia, y es que, en el caso de Yuna (y en el mismo periodo de edad), después de ser cariñosa pasa a ser cruel.

En Octubre de 2011, en el zoo de Ueno.
Y no me había dado cuenta de este aspecto porque (sin tener en cuenta nuestra estancia el año pasado, en la que Yuna sólo tenía un año y era aún pequeña) sólo había estado con animales durante un ratito pero no largo tiempo. Cuando llegamos en agosto Yuna estaba encantada de estar con mis tres gatos y la perra. Ellos no tanto aunque como la cría iba de buenas y eran acariciados, abrazados (a veces un poco demasiado) y besados, pues bueno… como que pasaba. Pero al cabo de un par de semanas la cosa empezó a cambiar y, haciendo un poco de uso de mis básicos conocimientos sobre etología, yo diría que Yuna quiso empezar a imponer su autoridad y ser la dominante. Eso no estaría mal; de hecho es lo correcto. En una familia con animales, estos deben ser los últimos y deben ser enseñados que incluso los niños están por encima de ellos. Pero claro, las maneras de Yuna son, como decía, crueles.
Ser dominante con los gatos como que no (los gatos son espíritus libres) pero eso no rinde a nuestra Yuna. Perseguirlos, agarrarlos por la cola, lanzarlos (si, como si fueran una pelota…), tirarles de los pelos o las orejas, agarrar al gato por la boca (como si fuera un besugo recién pescado). Por nuestra parte (mis padres y yo) hay gritos y carreras intentando parar a la niña; luego explicaciones de que eso no les gusta, que les duele y enseñarle como se debe hacer. Pero por una oreja entra y por la otra sale. Por parte de las dos gatas bufidos, kickboxing y alguna mordedura (sin hacer herida alguna, simplemente marcar). ¿Y Yuna se inmuta? No, incluso lo encuentra divertido. Con Taiko, el gato, lo tenemos peor, pues siempre ha sido un poquito… lento, y le cuesta reaccionar. Y con la perra un poco más de los mismo, aunque con ella, además de la crueldad de la acción, intenta imponerse con órdenes:
- Ume, menja (Ume, come)
- Ume, corre
- Ume, vine (Ume, ven)
Y Ume que está de la niña hasta el gorro, claro.
Cuando me vine definitivamente a Japón hace más de tres años, al casarnos Hideo y yo, dejé a mis tres gatos con mis padres. Hacerles pasar por todo el viaje, ir en la bodega de los aviones, cuarentenas en los aeropuertos, etc… me parecía un sufrimiento demasiado grande para ellos. En casa de mis padres estaban bien y ya acostumbrados. Pero hace unos meses pensé en intentar traerme al menos a Taiko con nosotros. Es el único que, debido a un problema urinario, necesita una alimentación especial y, a la larga, podría ser una complicación para mis padres. Pero viendo el “cariño” que emana Yuna… mejor dejarlo.

Pobrete.
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